Polvo enamorado
Quevedo cerró uno de sus sonetos con el verso más hermoso que se ha escrito en español sobre la muerte: «polvo serán, mas polvo enamorado». El cuerpo se hará ceniza. El amor, no.
Lo escribió un hombre que había visto mucho. Caballero de Santiago, diplomático al servicio del duque de Osuna en Italia, testigo de la grandeza de un imperio y de sus primeras grietas. «Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados».
Aquella generación no escondía la muerte. La miraba de frente, y por eso sabía qué importaba. El memento mori no era una amenaza. Era una brújula.
Por eso Quevedo pudo reírse del dinero: «Poderoso caballero / es don Dinero». Y por eso pudo escribir al hombre más poderoso de España, el conde-duque de Olivares: «No he de callar, por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises, o amenaces miedo».
Años después acabó preso en San Marcos de León. Pasó allí casi cuatro años y salió enfermo. Murió poco después.
Hoy vivimos al revés. Escondemos la muerte, y con ella perdemos la medida de todo lo demás. Quien olvida que va a morir no sabe qué merece la pena defender. Y quien no tiene nada por encima de su vida acaba callando ante quien manda.
Quevedo no calló. Sabía que el cuerpo sería ceniza, pero no una ceniza cualquiera: «serán ceniza, mas tendrá sentido».
Esa es la diferencia entre el polvo y el polvo enamorado.