La casa de los españoles

La casa de los españoles

En 1361, un cardenal castellano defendió Bolonia frente a los señores de Milán. Tres años después dejó a España algo más duradero que una victoria: una casa para que sus mejores jóvenes estudiaran allí. Se llamaba Gil Álvarez de Albornoz y era arzobispo de Toledo.

El 29 de septiembre de 1364, en Ancona, Albornoz firmó su testamento. Mandaba levantar junto al Estudio General una «Casa de los Españoles» bajo la advocación de San Clemente. Los primeros colegiales llegaron en 1369.

Así nació el Real Colegio de España en Bolonia. La ciudad llegó a tener más de veinte colegios universitarios. Solo este sigue abierto.

Nebrija, Sepúlveda y el emperador

En 1465 cruzó su puerta un joven andaluz, Antonio Martínez de Cala, al que hoy llamamos Elio Antonio de Nebrija. En 1492, el año de Granada y de América, publicó la primera gramática impresa de una lengua romance. Dejó escrito que la lengua siempre fue compañera del imperio.

Por allí pasó también Juan Ginés de Sepúlveda, que en 1550 se enfrentó en Valladolid a Bartolomé de las Casas sobre la justicia de la conquista. Fue quizá la primera vez que un imperio se detuvo a discutir en público la legitimidad de su propia expansión.

En enero de 1530, semanas antes de ser coronado emperador en San Petronio, Carlos V concedió al colegio su protección regia. Desde entonces es «Real».

Una casa herida

Después llegaron los siglos difíciles: el saqueo napoleónico, la confiscación tras la unificación italiana, el cierre durante la Gran Guerra.

Y aquí empieza una historia que me toca de cerca. En 1917 fue nombrado rector un antiguo colegial granadino, Manuel Martínez-Carrasco y Reyes. El rector Carrasco. Había llegado a Bolonia como becario en 1907, y su tesis doctoral fue premiada por el Institut de France.

Recibió una casa en decadencia y la gobernó durante treinta y siete años. En ese tiempo se formó allí un centenar de colegiales que serían catedráticos, diplomáticos y letrados del Consejo de Estado. Restauró el edificio y abrió la Casa de Cervantes, con su biblioteca de estudios hispánicos. Sostuvo la institución a través de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial. En las bóvedas mandó pintar al fresco los escudos de Granada, Guadix y Huéscar.

Pocas formas de legado me parecen más dignas que la suya: no fundó nada, sino que recibió algo herido y lo devolvió en pie. Ese legado sigue presente hoy en España, en La Piedad de la catedral de Guadix o en la tradición de la Real Maestranza de Caballería de Granada.

Seiscientos sesenta años

Hoy el colegio sigue viviendo de su propio patrimonio, como quiso su fundador. Cada año acoge a una quincena de doctorandos españoles y portugueses, de cualquier disciplina. En 2024 cumplió 660 años de tradición ininterrumpida.

Las instituciones no duran siete siglos por inercia. Duran porque, en cada generación, alguien acepta custodiarlas.